Palabras que duelen

Nunca doy consejos en este blog porque no soy psicóloga y por lo tanto no sé lo suficiente e incluso sería ilegal deciros que hacer.
A pesar de eso, alguien me dijo hace poco que debo perdonar a los que me hicieron bullying, y me quedé muy tocada porque no sabía realmente si eso era así, si estoy obligada a perdonarles. 
Consulté con profesionales en la salud mental y conducta humana y me dijeron que NO. Que a no ser que yo quiera, voluntariamente, no debo perdonar ni a ellos ni a nadie.
Esa persona no lo dijo de mala fe, era más que nada un consejo por sus creencias de meditación espiritual que a él le funcionan. Pero a mí no. Es más, los expertos me dijeron que, para empezar, los que me acosaron ni siquiera me han pedido nunca perdón. Si quiero perdonar, estoy en mi derecho, pero jamás obligada y tampoco sería recomendable someterme de ese modo ante gente que ni siente ni se arrepiente de lo que me hicieron durante trece años.

Nunca lo he dicho por aquí, y casi nadie lo sabe, porque no me gusta el sensacionalismo. Pero gran parte de mi minusvalía me la provocaron ellos. Por su maltrato. 
Así que, por favor, no deis consejos a la gente sin ser psicólogos o médicos. No a gente que ha sufrido acoso y aún padece las consecuencias (además, esa persona ni siquiera sabe mi historia, no ha leído ni el blog, solo se basó en una frase suelta que colgué del mismo).


Esta reflexión quería hacerla antes de centrarme en el tema central del post de hoy. Se supone que iba a ir intercalando los post con experiencias muy duras con otras más esperanzadoras. Hoy toca la dura, pero como tampoco quiero ser demasiado explícita (tengo seguidores que son muy sensibles y suelen llorar al leer este blog) lo haré de una forma sencilla y con los elementos violentos mostrados de la forma más breve posible. Todas estas palabras me fueron dichas en un periodo de cinco días seguidos.

- Hueles mal, bicho. 
- No me llames Diana. ¿O es que quieres que pille anorexia? 
- ¿Por qué eres tan fea? No te queremos aquí de tan fea que eres. 
- Más vale que te mueras porque vas a estar sola siempre. 
- Foca. 
- Monstruo asqueroso.

Todas estas palabras dichas por veintiocho personas a la vez que me rodeaban acorralándome en el sitio que fuera. Todos a la vez, contra mi sola, sintiéndome desdichada y teniendo más miedo a estar viva que a otra cosa. Me sentía encadenada en una jaula sin luz.

A veces con empujones, patadas, tirándome cosas encima, como chicles y pintura en el pelo. Una vez hasta que tiraron una cucaracha viva que se metió dentro de mi pelo por entonces largo hasta la cintura. Me rompieron objetos de valor, incluida una calculadora de mi madre y mi disc-man que tanto esfuerzo había costado comprar a mis padres (nunca recibí disculpa o recompensa por esas pérdidas, pues mis acosadores lo negaban).

A veces no eran ellos, sino 25 personas más, los alumnos de otra clase, tres años más jóvenes que yo. También todos al mismo tiempo, persiguiéndome y gritándome cosas horribles.

También me empujaban y daban esos golpes cuando estaba en mi refugio de la escalera. Sabían perfectamente que sufro fobia a las alturas, y aún así lo hacían allí (a día de hoy es fobia a las escaleras lo que me impide hacer una vida normal. No sé si viene de aquello o no, pero no lo descarto).
No quiero dar detalles escabrosos, ya lo he dicho antes. Así que lo resumo en una frase: creo que me llegaron a hacer de todo, excepto violarme.

¿Cómo no iba a desear la muerte? ¿Cómo iba a poder frenarles? Aunque no lo quisiera, me hacían mucho daño, un daño que hasta hace bien poco, casi 20 años después, no se ha calmado. 





Lo pienso ahora, tantos años y sufrimientos después. y no comprendo cómo pude soportar tanto sin matarme antes. Ni siquiera cambié de colegio pues, pese a todo, me negaba a dejarme derrotar. Quería sacarme mis estudios allí y así fue.
Y lo que decía al principio del post: jamás he recibido una disculpa y cuando me encuentro con ellos, es como si nada hubiera sucedido. Para ellos ha quedado en el olvido... Para mí no. Obvio, supongo, pues yo era la víctima y ellos mis maltratadores. 

Fue justamente en ese mes en el que recopilé los insultos de esa lista cuando decidí algo para mi vida que perdura hasta día de hoy: decidí que jamás sería madre. No quería que mis hijos fueran tan (físicamente) horribles como yo. No quería que tuvieran mis enfermedades neurológicas. No quería que sufrieran lo que yo estaba sufriendo.
También fue cuando me di cuenta de que era asexual pues cuando el resto de la clase hablaba de sus crushes, sus novios/as y de el sexo en general, yo no me identificaba con nada de eso.
Nunca tuve un crush, ni pareja, ni siquiera mi primer beso. Pero tampoco lo quería ni necesitaba.

A pesar de que corría el rumor de que yo estaba liada con otro de la clase. Eso nunca fue cierto. Lo único que me unía a aquel otro niño era el ser maltratados psicológicamente por una profesora. 
Nos tenía literalmente odio pues, todo lo que sucedía en clase, aunque ni siquiera estuviéramos presentes, era culpa nuestra para ella y recibíamos castigo.
Mi madre fue a hablar con esa profesora varias veces, pues sabía lo que ocurría. Pero yo estaba tan paralizada al recibir tanto acoso de mis compañeros y mi maestra que nunca tuve valor para decir que sí, que esa señora me hacía todo eso tan malo. Incluido sentarme en una mesa sola en un rincón alejado del resto de la clase.

En efecto, la primera persona que me marginó del resto de la sociedad, cuando yo tenía solamente ocho años, fue esa maestra. Después lo harían mis compañeros, más tarde mis primos, y el resto de mi vida, yo conmigo misma.
Con aquel otro niño del que decían tanta mierda romántica inventada aquella gentuza, nos llegó a sentar con dos niños más en un asiento para dos personas del autocar de una excursión.
Cuatro niños en un asiento para dos, todos amontonados, con el peligro que eso supone en un vehículo. 

¿Cuándo comencé a ser consciente de que yo no era la culpable de todo esto que os cuento? No lo recuerdo. Pero cuando llegué a la edad adulta y conocí a mis amigas de verdad y fue aceptada en una clase como una más (como a una persona normal), me fui dando cuenta, poco a poco, de que yo si merecía ser feliz.

En el próximo post os contaré cuando conocí a mi primera amiga de verdad cuando creía que estaría siempre sola (16 años), cuando los chicos comenzaron a tratarme bien (19 años) y como fue el primer encuentro con mi novio en el aeropuerto, unas horas antes de mi primer beso (30 años).

Millones de gracias, una vez más, a todos los que estáis leyendo y comentando este blog. Espero poder ayudar a cuanta más gente mejor. 
Cuidaos mucho y recordad ser respetuosos con los demás.

Comentarios

  1. Muchas gracias, como siempre, por leer y aportar tus propios pensamientos.
    Es que cada uno es distinto y, aunque hayan pasado por lo mismo, no pueden decirnos como debemos actuar los demás al respecto. El chico este lo decía porque a él le va bien perdonar a todo el mundo por sus creencias espirituales... Pero, lo siento, yo no puedo ser así.

    Pues sí, tenía algo a lo que aferrarme: la escritura. Me negaba a morirme sin acabar mis novelas, por eso, de forma inconsciente, nunca dejé de escribir.
    Tengo que leer la otra entrada de tu blog referente a todo esto. La del instituto. Lo tengo ahí pendiente y también como siempre, te dejaré comentario.

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