Aquello siempre fue peor
Como ya sabéis, ya no estoy con mi novio, pero lo conservo como mi mejor amigo. Su familia también me conserva y les agradeceré toda mi vida por su cariño. Todos ellos siguen contando con mi apoyo siempre que lo necesiten. Y lo mismo con mi familia y el resto de amigues.
Porque los que leéis este blog desde el principio sabéis que de sufrir sé demasiado. He sufrido maltrato físico y psicológico durante mucho tiempo, desde una edad muy temprana, además. Y todavía quedan en mí tantas secuelas como heridas.
Y como en el post de esta semana (perdón por tardar tanto en actualizar, ya sabéis que tengo otros asuntes más importantes que atender) toca hablar de momentos dolorosos, rescato el tema de las que fueron mis supuestas dos únicas amigas de aquellos largos años de acoso escolar.
Nadie sabía de este suceso hasta que yo misma lo hice público en Twitteer hace unas semanas.
Durante una tarde de verano, donde habíamos quedado las tres como casi todos los días, me ataron en un columpio-balancín del jardín de una de ellas, con una cuerda que me mantenía inmovilizada, atada alrededor de mí y pasada por lo alto del asiento, de tal manera que si hubiera intentado levantarme, me hubiera ahorcado yo sola.
Al mismo tiempo, me apuntaban con una pistola de balas de plástico hacia la cabeza. Mi mente a olvidado las barbaridades que me decían mientras tanto, pero no sus risas (las de siempre cuando me humillaban) ni tampoco mi impotencia al no poderme mover ni pedir ayuda.
No fue la única vez que me sometieron a una cosa así. Pero sí fue de las peores, de las que más cicatrices del corazón me ha dejado. Tal y como dice el diario, un día hoy a la "amiga" de aquel jardín comentando a la otra que un vecino se había quejado de mis gritos... Pues, no sé, con la de golpes y demás violencia que descargabais sobre mí, ¿qué tendría que haber hecho? ¿Daros besos y reír?
Bastante aguanté sin llorar delante de vosotras. Y sin denunciaros por esa y otras acciones ilegales a las que me sometisteis (de algunas ya hablé en anteriores post). Eso sí, al llegar a casa me sentía horrible. Los ataques de ansiedad y pánico me dejaban exhausta y ni mis padres sabían qué hacer para ayudarme.
Por aquel entonces estas cosas no eran denunciables. La palabra bullying ni siquiera era conocida (no sé si ya se utilizaba), lo llamaban "meterse con alguien" o "chinchar". Le daban nombres tan alejados de la magnitud de la gravedad que tenían en realidad.
Pero ojalá me hubiera atrevido, al menos, a poner fin a aquella amistad tan tóxica. Tenía miedo de quedarme sola, creía que eran mis únicas amigas. En realidad, eran las únicas personas con las que socializaba, pero NO, no eran mis amigas. Eran dos maltratadoras más.
Quizás hubiera estado sola sí. Seguramente hasta hace muy poco (todo lo que sufrí paso entre 1992 y 2005) no hubiera tenido ni amigos ni gente con la que socializar de ninguna forma. Pero hubiera sido mejor así, de verdad.
Ahora con perspectiva lo veo tan claro... Ojalá haber estado sola que no con aquel veneno de falsas amigas y demás gente a la que fui fiel y no lo merecía.
Y mirando de nuevo con otros ojos, me doy cuenta de que las heridas psicológicas fueron peores que las físicas. A pesar de todo, aquella insistencia que me rodeaba por todas partes, acorralándome hasta el deseo de acabar con todo de una forma indeleble, fueron siempre peor que cualquier agresión física.
Porque las secuelas que me quedan de ellas, contando también mi discapacidad agravada por su culpa (de bullies y falsas amigas), son peores por el daño de sus dardos verbales, en los que se incluían vejaciones, chantajes y maltrato de todo tipo.
Asco de gente. Ahora solo tengo a mis amigues, pero me conformo con eso. Y preferiría mil veces estar sola que tener gente hiriéndome a mi alrededor.
No dejaré que vuelvan nunca más.
Así que, acabando con esta publicación, os confieso que me he prometido a mi misma que seguiré viva hacia el futuro, a pesar de no tener nada y verlo tan malo. Siempre adelante, con todas las cicatrices e incertidumbre. Pero sin rendirme, como he hecho siempre.
Se me hace muy difícil hacer planes, mejor no hacerlos porque las circunstancias no me lo permiten. Haré un carpe diem continuo, al igual que lo hice en aquellos años de dolor, pero ahora con un miedo decorado con gente buena (ojalá os hubiera conocido antes) y útiles recursos.

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